sábado, 24 de octubre de 2009

Viajar para no ir a ningún lado, a veces pasa

Mi amiga Emilce, también compañera de trabajo y gran persona, me hizo reflexionar sobre algo: muchas veces ostentar sellos de pasaportes no significa "haber ido a un lugar, realmente". Y me refiero a lo que una vez dijo un profesor en una clase, refiriéndose al programa de Marley en la tele "hay muchos que viajan, y nunca se van", haciendo alusión que no es cuestión de subirse a un avión, barco, tren, colectivo, llegar a un lugar, comparar todo, reirse de lo extraño y volver a fanfarronear, sino dejarse impregnar, dejarse interpelar por la realidad que uno conoce.
Es cierto que a veces cuesta y mucho. Recuerdo el error más grande que cometí en el primer viaje que hicieron mis padres a Ciudad de México, cuando fueron a visitarme por primera vez allá: yo, en mi emoción por "mostrarles todo y con ritmo de mochilera", como venía acostumbrada a hacer, los hice subir corriendo a una de las líneas de subtes más congestionadas de la ciudad, para llegar rápido y barato al centro de la ciudad. Ése era el modo en el que yo había aprendido a viajar en esos meses, pero no expliqué a mis papás, que viven en una hermosa, apacible y pintoresca ciudad del norte serrano cordobés en Argentina, que podía ser que olieran bastantes fragancias diferentes, que el ritmo era vertiginoso y que iban a viajar muy apretados...todos sobrevivimos y bien, ahora nos reímos mucho, pero en ese momento, tuve la impresión que mi mamá iba a sumergirse en un frasquito de perfume que llevaba en su cartera de viaje.
Viajar para ir, ir para nunca haber partido. Esa es una pequeña diferencia de un corazón transhumante de otro que simplemente compra un pasaje y city tour para "foreigners" en una empresa de turismo local.

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